La Roca del Vallès, 06 de noviembre de 2009
Por César Alcalá
Nuestra sociedad empieza a acostumbrarse a discursos políticos carentes de sentido, sin ideas y sin contenido. Diariamente oímos declaraciones fragmentadas que, cuando finalizan, nos preguntamos: ¿qué es lo que ha querido decir?
Tener un discurso político es una ciencia que pocos dominan. Es muy fácil ser político, pero muy difícil es ser un político-líder. La mayoría no tienen las ideas claras ni los objetivos por los cuales quiere trabajar. La mayoría están anclados dentro del stablisment del partido y repiten las consignas marcadas por sus colaboradores o por el discurso oficial.
Es muy fácil confeccionar un discurso político carente de contenido. Sólo hay que trabajar un poco y perfeccionar una arte que no lo podemos considerar oratoria. Es palabrería o charlatanería pura. Muchos son los actuales políticos que se han especializado en este tipo de discursos. Un ejemplo de lo que estamos diciendo sería este:
La realización de las premisas del programa nos obliga a un exhaustivo análisis de las condiciones financieras y administrativas existentes. Por otra parte, y dados los condicionamientos actuales, el aumento constante, en cantidad y en extensión, de nuestra actividad ayuda a la preparación y a la realización de las nuevas proposiciones.
De igual manera, el desarrollo continuo de distintas formas de actividad facilita la creación de las condiciones de las actividades apropiadas.
Asimismo, el reforzamiento y desarrollo de las estructuras ofrece un ensayo interesante de verificación del modelo de desarrollo.
Es obvio señalar el inicio de la acción general de formación de las actitudes, habrá de significar un auténtico y eficaz punto de partida de toda una serie de criterios ideológicamente sistematizados en un frente común de actuación regeneradora.
Nada se ha dicho y, sin embargo, la audiencia puede quedar embobada ante tal elocuencia baldía.
Esto no es discurso político. Muchas veces no hay que decir muchas cosas. No hace falta extenderse por el simple hecho de parecer que uno tiene don de palabra. Lo bueno si breve dos veces bueno. Esta es la máxima que deberían seguir los políticos en el momento de exponer sus ideas.
Sobre esta premisa hay un punto importante. El político tiene que saber perfectamente lo que quiere decir y qué ideas desea transmitir a sus electores. El político tiene que construirse un programa electoral o ideológico y sobre esta base establecer las pautas del discurso político. Si lo primero falla el resto resulta baldío.
En uno de los peores momentos de la II Guerra Mundial, cuando Inglaterra temía ser invadida por Alemania, Sir Wiston Churchill pronunció un breve, pero contundente discurso:
Continuaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y los océanos, lucharemos con cada vez mayor confianza y mayor fuerza en el aire, defenderemos nuestra isla cueste lo que cueste, lucharemos en las playas, lucharemos en las pistas de aterrizaje, lucharemos en los campos y en las calles, lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos.
La clave del mensaje es que Churchill repite constantemente lucharemos [we shall fight]. Este mensaje subliminal queda marcado en el subconsciente de sus interlocutores y su único pensamiento es que sólo con la lucha conseguirán que el enemigo no invada Inglaterra. Todos juntos, con lucha y esfuerzo, conseguirán el triunfo final. El mismo tipo de mensaje lo utilizó recientemente en presidente de los Estados Unidos Barak Obama con su ya famoso: ¡Si, podemos! [Yes, we can!]. Es decir, el marketing se impuso al discurso político y el efecto, en ambos casos, fue la victoria. Un slogan o un mensaje claro es sinónimo de victoria. Por eso muchos son los llamados y pocos los elegidos. Por eso ha habido muchos políticos a lo largo de la historia y pocos han conseguido perpetuarse en el subconsciente ciudadano.
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César Alcalá
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