Vigo, 19 de noviembre de 2009
Por Ángela Pol Villar
Como ejemplo de manipulación de los medios de comunicación acerca de un mensaje concreto con el fin de movilizar a la opinión pública hacia su propia ideología, recupero el recuerdo de un artículo publicado por un diario de tirada nacional, no en la sección de opinión precisamente, en agosto de 2007.
Mi sorpresa e indignación al leerlo fue mayúscula.
El titular decía lo siguiente: “Quintana quiere que los niños canten el himno gallego, que insulta a quienes no lo entienden.” Y continuaba exponiendo, sin presentar el más mínimo respeto tanto hacia la verdad como hacia la historia y la cultura, una considerable sarta de tergiversaciones de la realidad. El primer error que cometieron fue al transcribir el nombre del autor del poema Os Pinos, letra del Himno Gallego. Se llamaba Eduardo Pondal, no Arturo Pondal, tal como decía el diario.
Eduardo Pondal fue una de las figuras más importantes de la intelectualidad gallega de mediados del siglo XIX, vinculada al movimiento cultural y literario imperante: El romanticismo, en este caso, tardío. De manera que el contenido de dicho poema no debe ser analizado según los parámetros actuales, si no que es necesario hacer un pequeño esfuerzo por comprehender (con h) el marco histórico y cultural en el que vio la luz por vez primera, paradójicamente, en La Habana el año 1907.
Por otro lado, la traducción aparecida en dicho medio de comunicación del Himno Gallego tampoco es correcta y da lugar a las malas interpretaciones con las que osan preceder las explicaciones amañadas en las líneas subsiguientes de una realidad que manipulan (por no decir que se inventan).
Y vamos por partes (sin entrar en pormenores literarios e históricos para evitar prolongar demasiado este pequeño análisis):
- El Himno Gallego fue asumido como tal desde 1907, de manera que los gallegos lo llevábamos entonando, en el momento de la publicación de tal aberración, un siglo. No hacía falta que fuese impuesto el aprenderlo. Ya lo conocíamos, incluso los castellano parlantes como yo.
- Si bien, hasta entonces, se cantaba asumido como himno propio, desde 1981 tiene carácter legal como tal, en función de la legitimidad que le otorga el Estatuto de Autonomía de Galicia. Por lo tanto, atacan un texto legal y políticamente ratificado.
- Los errores en la traducción impiden la percepción poética y simbólica del mensaje de Pondal y obvian la romántica y potente carga épico- mitológica, al igual que histórico- literaria de un himno aceptado, conocido y cantado por los gallegos durante todo un siglo.
- Para cualquier ciudadano del territorio nacional que desconozca los aspectos que acabo de exponer y no haya vivido ni experimentado la realidad gallega, las palabras expuestas en dicho artículo representan un agravio y un acto de autoexclusión basado en el insulto. Lo comprendo. Yo también lo sentiría como una ofensa.
- Para cualquier gallego supone ansias por resucitar a Pondal y darle la razón a susodicha manipulación cuando se traducen los sonidos y los rumores que produce el viento a través de los árboles ancestrales por insultos de gallegos y se llama supuestamente a los que no nos entienden imbéciles, oscuros e ignorantes.
Todo esto se llama desinformación. Que se basa en la prepotencia y el engaño y se apoya en la supuesta ignorancia de la Opinión Pública. En este caso, el medio de comunicación concreto ni siquiera dedicó unos pocos minutos a analizar el mensaje distorsionado que estaban enviando dando por supuesta la incultura generalizada y asumió que sus afirmaciones no serían en absoluto cuestionadas.
Ni que decir tiene que dicho artículo dio lugar a la controversia en más de un foro, público o privado, en Galicia.
En mi rabia, escribí a dicho diario una carta que envié por internet esa misma noche, en la cual, tragándome como buenamente pude mi enfado para evitar dejarme llevar por la pasión y perder la objetividad, rebatí, a través de la lógica y la historia, las afirmaciones expuestas en tan venenoso artículo. Misiva que, por supuesto, no fue publicada.
Luego cabe preguntarse, extrapolando y dándole una vuelta más a la tortilla, cuál es y dónde está el límite a la libertad de expresión en los medios de comunicación de masas.
En este caso en particular, fue tal la barbaridad editada, basada, además, en una mentira, que no me hubiese extrañado que hubiese dado lugar a algún disturbio; tanto por parte de los no gallegos que se sentirían atacados por un himno que cantan los oriundos de esta Comunidad Autónoma como parte de su identidad, y por parte de los gallegos defendiéndose ante tamaño difamación.
Es, por tanto, de recibo exigir a los medios de comunicación respeto a la verdad y a la Opinión Pública, lo mismo que responsabilidad democrática y constitucional.
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Ángela Pol Villar
Licenciada en Ciencias Políticas y Sociología por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en Comunicación y Gestión Política por la Universidad Complutense de Madrid. Especialista en Investigación Social Aplicada y Análisis de Datos. Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS). |
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